El autismo mejora con la fiebre ¿Por qué?
La investigación de Marian Mellén en la Rockefeller University de New York está financiada íntegramente por un matemático multimillonario cuya hija sufre autismo. Hasta aquí todo normal (en EEUU).
Lo excepcional es que ya hace un tiempo James Simons observó que su hija mejoraba cuando tenía fiebre. Durante unos días le miraba a los ojos, hablaba más, y sufría menos movimientos descontrolados característicos de la enfermedad. Resultó que no era el único caso. Muchos padres habían notado disminución de los síntomas en sus hijos autistas durante procesos febriles. La confirmación a esta extraña relación llegó en diciembre de 2007, cuando epidemiólogos de la Johns Hopkins School of Public Health publicaron un estudio clínico ratificando que efectivamente; sin conocer todavía por qué mecanismo, pero la subida de temperatura corporal atenuaba los síntomas del autismo.
Esto significó una pequeña revolución en la comunidad de investigadores en autismo, y nuevas expectativas en las asociaciones de familiares: la relación podría esconder un posible tratamiento. James Simons se tiró de cabeza: fundó la Simons Foundation para el estudio del autismo, y empezó a financiar líneas de investigación para entender porqué la fiebre mejoraba los síntomas de autismo, y si el mecanismo podría ser utilizado de manera terapéutica. “Tengo más proyectos, pero mi jefe siempre dice que éste es prioritario y debemos ir sacando resultados –no obligatoriamente positivos- porque si no el señor Simons nos corta el presupuesto”, explica Marian tras inyectar extracto de bacterias en sus ratones autistas.
Su hipótesis de trabajo nace de la segunda revolución en la asociación fiebre-autismo: en 2009 los científicos Mark Mehler y Dominick Purpura del Albert Einstein College of Medicine en NY publicaron una hipótesis muy prometedora: hay un área de nuestro cerebro llamada sistema locus coeruleus-noradrenergic (LC-NA) que está involucrada en la regulación de la temperatura corporal, y cuya desregulación también se ha asociado a los cambios conductuales asociados al autismo. La sospecha era que la fiebre modulaba la actividad de dicha área, la activaba de manera transitoria e indirectamente mejoraba los síntomas del autismo. La publicación no era artículo científico con resultados experimentales, sino una interesantísima y sólida hipótesis de trabajo inicial, que venía avalada por muchos otros datos conocidos sobre el trastorno. Varios grupos de investigación empezaron líneas de trabajo en esta dirección. Entre ellos el de la vasca Marian Mellén.
“Lo más difícil es conseguir que los ratones autistas tengan interés en reproducirse”
Es domingo 11 de diciembre del 2011. Son las diez y media de la noche y Marian está inyectando un lipopolisacárido extraído de bacterias en el abdomen de sus ratoncitos autistas. A la hora ya tendrán fiebre. A la mañana siguiente Marian los sacrificará, extraerá el trocito de cerebro que le interesa (en esta ocasión justo el sistema coeruleus-noradrenérgico), seleccionará el tipo celular que quiere analizar (en este caso células noradrenérgicas), purificará los ribosomas, extraerá de ellos el ARN mensajero, y lo secuenciará entero para construir el transcriptoma. Con ello verá qué genes se estaban expresando, lo comparará con otros ratones autistas a los que sólo les inyectó suero y no desarrollaron fiebre, y analizará cual de sus tres hipótesis de trabajo encaja mejor.
Construir ratones autistas tiene su intríngulis. Inicialmente se generan mutando de manera dirigida genes específicos asociados a autismo en humanos. Cuando nacen las crías observan cuáles muestran menos apego a sus madres, no emiten tantos sonidos, suelen moverse pegadas a las paredes frotándose en ellas, y no tienen ningún interés en explorar su entorno cuando las meten en jaulas nuevas con otros ratones. Esos son los autistas, y los que Marian irá reproduciendo, seleccionando de nuevo, y utilizando en sus experimentos. “Lo más complejo es conseguir que se apareen”, me cuenta Marian mientras comprueba el estado de una hembra embarazada, “metes un macho y hembra autistas en una jaula, y no muestran el mínimo interés en reproducirse”.
Las tres hipótesis que baraja Marian Mellén para explicar cómo puede la fiebre mejorar los síntomas del autismo son: a) No es la temperatura en sí: la infección genera una respuesta inmune y neuroinflamación que genera una cascada se señalizaciones celulares y activa sistemas desregulados por el autismo. b) El estado febril implica una serie de cambios epigenéticos en la expresión de genes implicados en el autismo (para analizar esto además del transcriptoma también extrae ADN nuclear y secuencia el epigenoma). c) Es la temperatura: las áreas del cerebro que se activan como respuesta a la subida de la temperatura corporal influyen en la mejora de los síntomas.
Esta última hipótesis es la más esperanzadora para familiares, y la que daría un vuelco más importante al estudio de la enfermedad. Primero porque sería bastante fácil diseñar terapias no invasivas para tratar síntomas, y segundo porque podría implicar un cambio conceptual en el trastorno: algunas alteraciones conductuales no serían consecuencia directa de un fallo básico en el sistema, sino más bien fruto de una desregulación. Y si es desregulación, se podría modular más fácilmente. Marian explica que tanto su jefe Nathaniel Heinz como Jim Simons están expectantes ante esta posibilidad, y que de confirmarse sería un verdadero bombazo. De momento, más allá de lo que concluya tras analizar en detalle un número significativo de transcriptomas, Marian sí observa que sus ratones autistas muestran comportamientos más atenuados horas después de inducirles fiebre. Es pronto todavía. El tiempo y los experimentos tendrán la última palabra.
Cotilleo científico
Medianamente relacionado con el tema, no puedo evitar explicar lo que me contaron hace unas semanas en el congreso de la Society for Neuroscience en Washington DC.
Un neurocientífico amigo me dijo que una vecina de su labo tenía resultados espectaculares suministrando a ratones autistas un fármaco ya existente recetado para otra enfermedad. Se ve que efectivamente son datos buenísimos. Están perfilando detalles para publicarlos, pero ya los han presentado de manera preliminar en un par de congresos.
Pues bien; se ve que a estos congresos técnicos suelen acudir familiares de niños autistas. Y uno de ellos, médico, probó directamente ese fármaco en su hijo. Es una actividad que conlleva un enorme riesgo, posiblemente ilegal, absolutamente desaconsejable, y que podría haber terminado de manera fatal. Pero al tiempo se dirigió a la investigadora para explicarle que su hijo había mejorado ostensiblemente. Es un caso aislado, que no permite sacar conclusiones, peligroso, y que bien podría tratarse de una exageración. Pero estas cosas que no aparecen en los artículos científicos también forman parte del mundo de la ciencia; más allá de lo que se queda en los laboratorios.
Pere Estupinyà Químico y bioquímico. En 2007 pasó un año en el Instituto Tecnológico de Massachusetts y la Universidad de Harvard con la prestigiosa beca Knight de periodismo científico. Actualmente reside en Washington DC donde trabaja en los Institutos Nacionales de la Salud de EEUU, analiza el periodismo científico en América Latina para el Knight Tracker en español del MIT, ejerce como consultor en la Organización de Estados Americanos y el Banco Interamericano de Desarrollo, imparte conferencias, cursos de comunicación científica, y alimenta el blog en El País "Apuntes científicos desde el MIT". http://www.elladrondecerebros.com
Artículo publicado inicialmente en “El País” el 13 de diciembre de 2011.
Inclusion for toddlers with autism spectrum disorders
Stahmer, A., Akshoomoff, N., Cunningham, A.
Autism, vol. 15, núm. 5 setembre 2011
En este artículo, se describe un estudio de seguimiento de un grupo de niños afectados de autismo, a los que se les aplicó un programa de inclusión educativa, de un año de duración (de los 2 a los 3 años), en centros escolares ordinarios. El programa incluía diversas técnicas conductuales y alternaba actividades en el aula ordinaria (con refuerzo específico durante unas horas), sesiones individuales y formación de los padres. Los resultados finales mostraron progresos globales en el nivel de desarrollo, comunicación expresiva y conducta adaptativa. Además, el 31% de los niños, mostraban un nivel de desarrollo normativo.
Con independencia de las limitaciones del estudio, algunas de las cuales ya señalan los propios autores, como la ausencia de un grupo control, los resultados sugieren varios comentarios. En primer lugar, queda claro que los tratamientos conductuales e intensivos tempranos, son efectivos (otros estudios similares muestran resultados similares a los de este trabajo). En segundo lugar, es evidente que para la inclusión educativa en centros ordinarios, de niños afectados de autismo , sea provechosa, son necesarias unas ratios de personal muy altas, que permitan alternar las sesiones de grupo con las individuales, y con la formación efectiva de los padres. Finalmente, queda claro que el camino para poder progresar en el tratamiento psicoeducativo de las personas afectadas de autismo, pasa indefectiblemente por una aproximación científica al problema, mediante estudios controlados y con la búsqueda de la evidencia científica de las técnicas empleadas.
Dr. Francesc Cuxart Dr. en psicología. Consultor de Autismo la Garriga Profesor UAB
Stress and personal resource as predictors of the adjustment of parents to autistic children: a multivariate model
Ayelet Sima-Tov & Shlomo Kaniel
Journal of Autism and Developmental Disorders (2011), 41:879-890
Dentro del ámbito del estudio del impacto del autismo en las familias afectadas (que ha generado un buen número de publicaciones científicas) del artículo citado profundiza en la cuestión de la predicción de la adaptación de los padres para afrontar satisfactoriamente al hijo afectado de autismo, mediante la validación de un modelo multivariante. El objetivo es poder determinar qué factores pueden prever una adaptación positiva de los padres al hecho de tener que convivir y educar a un hijo que presenta déficits y alteraciones importantes en áreas evolutivas fundamentales, como las relaciones interpersonales o la comunicación social.
Los elementos incluidos en el modelo que presentan los autores del artículo son cuatro: estrés parental, recursos (sentido de coherencia, locus de control y apoyo social), adaptación (salud mental y calidad de la pareja) y síntomas del hijo con autismo . Dentro del apartado de recursos, el sentido de coherencia se define como un mecanismo que ayuda a escoger los recursos disponibles más adecuados para hacer frente a elementos que provocan estrés. El locus de control determina la manera en la que las personas explican las situaciones que experimentan, y podemos hablar de dos dimensiones diferentes: el locus de control interno que explica los hechos vitales como un resultado de la propia conducta y acciones, y el locus de control externo, que considera que los hechos vitales están bajo el control de factores externos, como por ejemplo el destino. El locus de control es muy importante cuando la persona tiene que enfrentarse a dificultades (como la de tener un hijo con autismo), ya que el tipo de locus de control determina, en gran medida, la forma de afrontarlo . En cuanto a otro elemento de este modelo, la calidad de pareja, se refiere a la evaluación subjetiva de la calidad de sus relaciones en diferentes ámbitos, como la comunicación, la amistad, la asignación de roles, o la mutua tolerancia, entre otros.
Los resultados del estudio muestran que el sentido de coherencia, el locus de control interno, el apoyo social y la calidad de la pareja, incrementan la capacidad de hacer frente al estrés provocado por convivir con un hijo afectado de autismo. Así pues, estos elementos pueden ser considerados factores que ayudan a los padres a disminuir el impacto negativo que supone tener un hijo con autismo y a desarrollar, por tanto, formas satisfactorias de abordar su educación y la convivencia con él.
Dr. Francesc Cuxart Dr. en psicología. Consultor de Autismo la Garriga. Profesor UAB
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